LA COMBUSTIÓN HUMANA ESPONTÁNEA O BIOPIROGÉNESIS
por Agustín Francese
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“Y salió del altar otro ángel,
el que tiene poder sobre el fuego...”
Apocalipsis 14, 18.
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Un hecho monstruoso, inhumano, aberrante; un hecho que repugna a “la naturaleza libre y racional”; un evento perverso, concebible tan sólo por una mente enferma, por la diabólica labor de un piromaníaco; y sin embargo, un hecho real, —tan real como contundente—, que ha sido constatado infinidad de veces y que, por sobre todas las cosas, nadie ha sabido explicar...
Se sabe de algunos que han perecido en cuestión de minutos consumidos por el fuego casi invisible que surge de su interior y que llega a pulverizar hasta los huesos. Otros, calcinados a temperaturas del orden de los mil grados centígrados, se han ido convirtiendo, poco a poco, en un horrible montículo de desechos humeantes. Hay quienes aseguran haber visto llamas azules surgiendo de narices, bocas y oídos; quienes observaron cómo se derretían cerebros; quienes han recogido, de entre un montón de cenizas blancuzcas, los restos apenas chamuscados de lo que fueron pies y manos humanos.
Curiosamente, la gran mayoría de los casos parece respetar un mismo patrón: se inicia un fuego de una potencia inaudita, se propaga rápidamente “desde adentro hacia fuera” y, ante el estupor de todos, —incluida la propia víctima—, el cuerpo se convierte en una execrable pavesa de desperdicios. Se ha verificado, asimismo, más a menudo de lo que se cree, que los pies, las pantorrillas y las manos del incinerado resultan ilesos, lo mismo que sus vestidos y el entorno del lugar en que se hallaba, como si todo eso debiera quedar registrado cual un macabro indicio de lo que ha ocurrido.
Y sin embargo, —¡já!—, todo lo que se dice acerca de la biopirogénesis me causa gracia.
“Polvo eres y al polvo retornarás”, ha dicho Aquel que domina la tierra, el agua, el aire, el fuego. Pero de los cuatro elementos que componen el orbe y la totalidad de los seres, el fuego es el que guarda el mayor de los secretos, y los que pretenden explicarlo son verdaderamente dignos de lástima.
Sabemos que el principal castigo de los hombres consistirá en padecer eternamente consumidos por las llamas, muriendo y resucitando una y otra vez para que sus dientes rechinen sin pausa y sus tejidos sufran las quemaduras propias del condenado. Muchos afirman, incluso, que el propio Šadday es un fuego devorador, y hasta que el fuego del infierno no es más que una extensión de su enigmática esencia. Blasfemia por blasfemia, yo demostraré la verdadera naturaleza de ese fuego sagrado: la realidad de un fenómeno que la humanidad no pudo comprender, —y acaso nunca comprenderá—, pero que nosotros, los elegidos, bien conocemos.
La sabiduría proviene de los libros sagrados o de las esferas celestiales: yo fui instruido directamente por los serafines que alguna vez ardieron en la presencia del Señor. Así como Eliajo subió a los cielos en un torbellino de fuego tras haber degollado a los profetas de Baal, del mismo modo yo seré elevado a las alturas una vez completada mi obra. Loki y Hefesto serán mis testigos; Nínive y Troya, mi herencia perpetua; y cantaré como Daniel, en el foso flamígero, pisoteando leones y dragones, escorpiones ardientes y salamandras.
¿Realmente creen que una inusual acumulación de gas metano puede causar la combustión humana espontánea? “Tal vez los pedos fosfínicos, combinados con las fluctuaciones del campo magnético de la Tierra...” ¡Idiotas! ¿Tan ciegos están que creen ver más allá de sus sentidos? Dicen que el fenómeno se produce a razón de un caso cada cuatro o cinco años terrestres. ¡Los muy científicos! Y sin embargo, yo he conocido tres casos en este último semestre. Como siempre, los necios intentan negar la existencia de aquello que los atemoriza. Pero yo no puedo culparlos por manejar unas estadísticas tan disparatadas. Hay muchos incendios en los poblados, muchos escapes de gas en la vía pública, muchos misiles cayendo sobre nuestras cabezas, muchas explosiones atómicas...
En el pasado, en los célebres casos cuidadosamente estudiados por “expertos”, los verdaderos causantes se cuidaron muy bien de no ser descubiertos por nadie. Y es que somos muy pocos los que poseemos el don del fuego, y sabemos que si la humanidad se diera cuenta del poder que manipulamos, trataría de destruirnos antes de comprendernos.
No viajaré tan atrás en el tiempo para dar algunos ejemplos preclaros de nuestro proceder. Lucifugo fue quien acabó con la vida del filósofo Simonides en el año 365 de nuestra era, en una combustión humana espontánea disfrazada bajo los velos de una sacra ejecución. Poco después, en el año 395, el santuario de Eleusis estallaba en llamas por obra y gracia del impetuoso Astaroth, naturalmente, con sus sacerdotes dentro. En noviembre de 514, en Tartaria, el triforme Haborimo convertía en antorchas vivientes a quince caballeros barbados, obviamente con la ayuda de varias legiones de Trasgos. En 873, en Oriente, el príncipe Tamuz pulverizaba a un monje taoísta en el atrio de un templo, hecho que no por casualidad fue considerado un evento místico extraordinario.
Un tal Hans Deiner murió escaldado vivo en la ciudad alemana de Waldsee, en 1075, gracias a la sutil intervención de Nebiros, el rey de la nada. Dos siglos más tarde, en la ciudad de Toulouse, una mujer atrevida, —Ángela de la Barthe—, fue quemada viva en un juicio por brujería magistralmente orquestado por Belial, rey de Sodoma, Gomorra y otras comarcas abominables. En 1314, en París, el último gran maestre de la orden de los templarios, Jacques de Molay, cayó fácilmente en las garras del gran Sargatanás; el humo de su incienso, dicen, fue particularmente embriagante.
En 1498, en Florencia, el mágico Eleuretti acabó con la vida del famoso predicador Girolamo Savonarola, en una aparente hoguera decretada por la Inquisición. Poco después, en 1600, en el Campo dei Fiori, en Roma, el mismo espectro flamígero se encargaba de pulverizar al notable alquimista Giordano Bruno, en otro majestuoso espectáculo ignívomo avalado por nuestro gran superior.
Balefar, duque de lo innombrable, carbonizó a la condesa Bandi en algún lugar de Italia en el otoño de 1739. Años más tarde, en Prusia, en el invierno de 1833, el barón de Gurfunken sufría una de las más exquisitas deflagraciones a manos de Adonis, quien con razón es llamado señor del fuego y de las sombras.
A principios de 1908, en Escocia, Miss Dewar era abrasada por Agliareth, en otro caso de biopirogénesis cuya autenticidad nadie se atrevió a discutir. En 1945, en Berlín, y en contra de lo que comúnmente se cree, Adolfo Hitler agonizaba en los brazos (o garras) de sus mejores aliados, los príncipes Catabólicos, sufriendo un incendio interior que lo pulverizó por completo.
En 1959, en Nepal, un monje tibetano fue arrastrado hasta la cima de una montaña por un torbellino de fuego, en la que fue considerada la gran obra maestra del arte de quemar del siglo XX, del ingenioso Azrael. En 1980, en Inglaterra, un tal Henry Thomas se convertía en una bola de fuego gracias al tacto ineludible de Gusatán, discípulo consentido del orco Mammón, patrono sempiterno de esas tierras bravías y obscenas.
Pero baste con lo dicho para que tengan una idea de nuestro proceder. Sólo por mencionar dos ejemplos más, cercanos en el tiempo, podría citar el caso del indígena brasileño de la tribu Pataxós, Galdino Dos Santos, que en 1997 fue brutalmente carbonizado por Satanachia, poco después de ser ultimado por un desorbitado grupo de revoltosos cariocas. Y el último que he conocido, ocurrido en Buenos Aires el 16 de abril de 2005, en el que un estudiante de filosofía de unos treinta años de edad murió vaporizado por imperio de Beelzebul, el príncipe de los demonios. Y creo que es suficiente...
Por supuesto, hay muchos casos más, ignorados por la prensa; pero en todos ellos mis colegas fueron tan astutos, tan avisados, tan precisos, que nadie se atrevió siquiera a imaginar su intervención. La única incógnita que siempre queda latente, flotando como una nube de humo, es el fenómeno ignífero, de por sí incomprensible. Y sin embargo, existe una secreta armonía entre los hechos acaecidos en estos últimos dos mil años: una armonía que es una cifra, y una cifra que, si los hombres se esforzaran, podrían llegar a conocer.
Ahora yo, Anagatón, sumaré un eslabón más a la gloriosa cadena de fuego iniciada antes de los siglos. Encarnado en el ser humano cuya débil voluntad tengo completamente sometida, concentraré la fuerza, dirigiré la energía y abriré las puertas del Erebo para vaporizar sin piedad a “mi elegido”.
Así como alguna vez alguien me eligió a mí y me hizo renacer por medio del fuego y la energueia (no por el agua y el espíritu, como han tergiversado las Escrituras), tomando un cuerpo ostensible para perpetuarme en el tiempo, del mismo modo yo haré renacer a otro para iniciarlo en los misterios herméticos: el ciclo seráfico pergeñado por Lucifer y que, gracias a nuestro ministerio, arderá para siempre.
***
Cuando la policía llegó al lugar de los hechos la casa parecía una montaña de escombros humeantes; quedaban en pie, no obstante, algunas paredes y parte del mobiliario. Los bomberos habían acudido rápidamente, pero el fuego fue tan intenso que apenas les dio tiempo a intervenir. De lo que quedó de la casa, que era ocupada por un hombre anciano y enfermo, los investigadores lograron rescatar algunas extrañas piezas de metal tales como calderos, alambiques y redomas, además de un par de arcones antiguos y un enorme ropero completamente ennegrecido.
Dentro del ropero, —que resultó ser una biblioteca—, los bomberos encontraron, entre otros extraños volúmenes tales como el Necronomicón y el Libro de las doce llaves de la filosofía de Basilio Valentín, un oscuro ejemplar titulado Tratado completo de la verdadera magia: un grimorio del siglo XIII, reimpreso en 1576, que contenía, entre otros descabellados artículos, un pormenorizado detalle de las diversas misiones asignadas a los demonios que pueblan “la atmósfera tenebrosa”, ordenadas según sus respectivas especies, destacándose, por si esto fuera poco, un capítulo enteramente dedicado a las “misiones igníferas”.
La policía descubrió además algunos huesos humanos, todavía calientes, que reposaban dentro de uno de los arcones, pero que no pertenecían al propietario de la casa, de quien nunca se supo qué le ocurrió. Los vecinos lo llamaban “el brujo”, y aunque era un ser repulsivo y extravagante, su desaparición en medio de aquel pavoroso incendio causó una gran conmoción en el pueblo.
Cuando el humo se disipó, los investigadores se acercaron para estudiar los extraños objetos que habían sobrevivido a las llamas. Pero algo increíble ocurrió cuando un policía tomó el grimorio y lo depositó dentro de una bolsa plástica para llevarlo a la seccional. Ante la admiración de todos, el libro se prendió fuego, y en un abrir y cerrar de ojos se desintegró, convirtiéndose en un montón de cenizas humeantes.
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