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REVELACION
(o el secreto de una secreta melancolía)

Agustín Francese


Vivo una vida ejemplar, una vida dichosa en todo sentido. Amo a los míos y ellos me aman a mí. Tengo éxito en los negocios y todas mis empresas llegan a buen término. Mi esposa, Vanesa, es la envidia de las mujeres; además de inteligente, posee una belleza singular. Mi hijo, Mickael, es el mejor de la clase; aventaja por mucho a sus compañeros. Tenemos una hermosa casa en la costa, frente al mar, con una piscina y un yate en el que solemos recorrer la bahía. Hasta nuestro perro, un elegante labrador blanco, causa sensación entre los vecinos...
Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia me asalta una poderosa melancolía: una tristeza mortal cuya oscura razón todavía no he logrado descifrar.
Por las noches, cuando salgo a la terraza para perderme en la contemplación del infinito, me siento agobiado por un extraño pesar, un inexplicable sentimiento de angustia que tritura todos mis huesos, como si una profunda llaga fragmentase mi ser disolviendo su fuerza, su estructura, su energía, en un funesto vendaval de partículas...
—¡Y esa Luna que me mira, sobre el mar, como si conociera la causa de mi desdicha!
Aunque no son muchas las noches en las que me encuentro así, siempre que la amargura me abraza amanezco tendido en la playa, dormido sobre la arena, sin recordar cómo llegué hasta allí. Mi esposa sale de la casa y me ayuda a levantarme, preguntándome insistentemente qué me ocurre, pero yo no le respondo nada o le contesto con evasivas. Nunca le he contado el secreto de mi secreta melancolía, ni pienso hacerlo jamás. Mi temor más grande es que ella pueda sufrir algo semejante.

***

A pesar de que todavía no sé con exactitud qué me sucede, puedo asegurar que esa extraña aflicción de la que he hablado no es producto de una angustia natural.
En efecto, soy plenamente consciente de que puedo perder a los míos, de que algo malo puede sucederme algún día, de que mi vida puede dar un vuelco inesperado y convertirse en un verdadero desastre; pero esos vagos resquemores no tienen la fuerza suficiente para atormentarme, para ensombrecer siquiera un poco la suave luz de mi dicha. Esa melancolía que me subyuga cuando quiere tiene la consistencia propia de lo real, de lo presente, de lo tangible; no es una mera representación del mal futuro, de una eventualidad “posible”.

***

Ayer jugaba con Mickael y el perro en la playa; me sentía tan alegre y despreocupado como de costumbre. Sin embargo, de pronto, al atrapar el disco que mi hijo me lanzaba sentí un fuerte pinchazo en los ojos y caí de rodillas, pensando que me iba a desmayar. Grande fue mi sorpresa al comprobar que el dolor no era físico, sino más bien visual, y que la secreta angustia de la que hablé anteriormente se apoderaba de mi espíritu de un modo tan intenso como repentino.
Finalmente el dolor ocular cedió y conseguí ponerme de pie; evitando que mi hijo se diera cuenta de lo que me pasaba, corrí presurosamente hacia el mar para lavarme la cara en la orilla.
Ignoro qué me sucedió, pero cuando vi al médico esa misma tarde dijo que me encontraba (como siempre) en perfectas condiciones.

***

Vanesa es incomparable. Ayer preparó una fiesta sorpresa con motivo de nuestro décimo aniversario. Vinieron casi todos nuestros amigos, bailamos y bebimos hasta la madrugada. Yo la había pasado a buscar por su trabajo para invitarla a cenar, pero ella, siguiéndome la corriente, me hizo pasar primero por nuestra casa “para buscar algo que había olvidado”. Cuando estacioné el auto me pidió que subiera a la alcoba para recoger su abrigo, y al entrar me encontré con todos los invitados, que estaban escondidos en el living.
Acaso Vanesa sospecha que cada tanto sufro esas horribles depresiones y de esta manera trató de devolverme algo de mi antigua alegría. En la fiesta, nuestros amigos nos trataron como reyes. Ella era la única, quizá, que realmente lo merecía.

***

Es curioso ver cómo se van alterando las cosas.
Hace un tiempo decía que vivía una vida ejemplar, ¡y de algún modo la sigo viviendo hoy en día!, pero ahora, el mero hecho de saber que alguna vez voy a ser asaltado de nuevo por esa secreta melancolía basta para sumergirme en un abismo de congoja intolerable. ¿Qué me sucede? ¿Qué diablos significa este suplicio? ¿Acaso hay algo podrido y maloliente, oculto a mis ojos, que yo sólo puedo olfatear de a ratos? ¡Por el amor de Dios! ¡Nadie puede ayudarme!
Me he esforzado hasta el cansancio para tratar de desentrañar la oscura causa de mi sorda inquietud, llegando a los límites del agotamiento físico y moral. He consultado a psicólogos, psiquiatras, curanderos, adivinos; nadie supo darme una respuesta satisfactoria. ¡He llegado a pensar que mi tristeza puede no ser meramente anímica, sino tal vez espiritual! Dicho de otro modo, construí la absurda hipótesis de que mis arrebatos de angustia pudieran tener algún arcano origen extra-mental, una causa existencial, por así decirlo; pero ni yo mismo me creo mis ridículas hipótesis... Si el día está calmo y despejado y el sol brilla con toda su fuerza sobre la mansa bahía, ¿cómo el mar puede estar agitado y conmovido cual si soplara una fuerte borrasca? Mal que me pese, yo sólo creo en lo que veo, y hoy sopla una brisa muy suave en cada rincón de la playa...

***

He comenzado a realizar una serie de ejercicios mentales con el objeto de apaciguar un poco los efectos de la melancolía. Un sabio consejo que leí en los libros decía lo siguiente: “el mejor remedio para la tristeza sin causa es la indiferencia”. Así, pues, cada vez que siento que la tormenta se acerca, me hago el distraído y trato de continuar con el ritmo habitual de mi vida: me entrego con pasión a cualquier divertimento, preferentemente acompañado; salgo a navegar, veo televisión, leo un buen libro. Por lo demás, he dejado de buscar obsesivamente la causa de mis arrebatos de tristeza. Si realmente hay una causa, ésta saldrá a la luz por sus propios medios. (Esto último lo leí, también, en un prestigioso libro.)
Sin embargo, ayer desperté otra vez tendido sobre la arena, profundamente aterido y con los ojos bañados en lágrimas. Mi esposa se me acercó con una frazada y una taza de café, y al verla a mi lado descubrí que sus ojos habían perdido el brillo habitual que los caracterizaba. Me senté envuelto en la frazada y desahogando mi pecho le dije que no sabía lo que me estaba pasando, que un hondo temor se había apoderado de mi alma, que algo estaba minando las bases de mi existencia, que me sentía perdido, desolado. Reclinándome sobre su regazo, rompí a llorar como un niño mientras ella me acariciaba la cabeza.
—Esposo mío —me dijo entonces, con una mirada triste—. No te derrumbes. Ponte de pie y vuelve conmigo a la casa. La vida es una sola y hay que vivirla en plenitud.
—¿Pero cómo puedo luchar contra un enemigo que no conozco? —balbuceé yo, con la voz entrecortada por el llanto—. ¡Cómo puedo vivir así, sin recordar cómo vine a parar a la playa; sin registrar un solo sueño nocturno; sin comprender por qué me siento tan afligido, tan vulnerable, tan agobiado!
—Esposo mío —replicó ella—, todo es posible si uno se lo propone. Si yo aprendí a convivir con esa muerte secreta, tú también podrás hacerlo... Ven conmigo, volvamos a la casa.
Y al escucharla sentí una profunda vergüenza, porque entendí que ella se había preocupado por mí mucho antes de que yo me preocupara por ella, y conocía mejor que nadie el secreto de la secreta melancolía.

***

Así, pues, al día siguiente llegó la revelación, y la revelación fue como un haz luminoso, cegador y fulminante.
Desperté en mi cama con aquel extraño pinchazo detrás de los ojos que por entonces se había vuelto habitual y, posando la mano sobre la almohada de Vanesa, descubrí que ella no estaba. Con algún esfuerzo me dirigí hacia el cuarto de Mickael, pero me asusté sobremanera al ver que él tampoco dormía en su cama. Estremecido por un horrible presentimiento, sentí el rugido del mar —que estaba inusualmente agitado— y el ulular del viento que se colaba por las ventanas.
Entonces salí a la terraza que daba a la bahía y contemplé con espanto las figuras de Mickael y Vanesa, tendidas sobre la arena, en medio de la densa bruma crepuscular, y descolgándome por la baranda corrí desesperadamente hacia ellos.
Arrodillado junto a Vanesa, vi que dormía profundamente, con el semblante triste y los ojos bañados en lágrimas; Mickael, en cambio, parecía disfrutar de un dulce sueño. Intenté despertarlos, pero mis esfuerzos resultaron en vano; y entonces me abrazó como nunca la secreta melancolía, despedazando mi alma como un huracán furibundo, y tras sufrir un deslumbramiento imposible de expresar con palabras, un velo de oscuridad cubrió mis pupilas, sumergiéndome en una lobreguez absoluta.
Tras varios minutos de inerte incertidumbre, en los que prácticamente dejé de sentir mi cuerpo, se hizo nuevamente la luz; y al recobrar la vista descubrí a ciencia cierta lo que soy, lo que es Vanesa y lo que somos todos...

Unos seres monstruosos me rodean ahora conectando mi cerebro con agujas y cables, preparando mi mente para vivir otra vida ejemplar... Somos cabezas sin cuerpos incrustadas en unos extraños artefactos metálicos: máquinas insolentes que a menudo funcionan mal, moviéndonos inconscientemente dentro del plano de una justa irrealidad... Vidas artificiales, anhelos insatisfechos, fallas endémicas de sincronización... Frente a mí parece latir la cabeza de mi “esposa” y a su lado la de ese dulce niño que acaso nunca tuvo padres... Al menos conservo los ojos... Somos lo que queda del Hombre en el devastado planeta que alguna vez fue su mundo, lo que queda de nuestra pobre felicidad...

¡Y pronto lo olvidaré!