LA NUEVA ESPERANZA
“Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna
como el hombre. Tiene recursos para todo;
sólo la muerte no ha conseguido evitar”
Sófocles (491-406 aC)
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En un futuro lejano, en un sofisticado laboratorio instalado en Marte, dos científicos "singulares" mantienen un diálogo "singular":
—¡Es todo un éxito! —exclamó Proteus, levantando sobre su cabeza el increíble experimento—. Será un ejemplar digno de su especie, ¡un orgullo para nuestra raza!
Raelion sonrió complacido mientras desconectaba unos cables y cerraba la tapa de vidrio de la cápsula embrionaria.
—Fueron más de doscientos años de trabajo... —dijo, sin ocultar un dejo de melancolía—. Pero ya ves, el esfuerzo valió la pena. Este es el primero de muchos, el heraldo de la vida —pareció estremecerse—: ¡La nueva esperanza!
Proteus depositó el engendro sobre un anaquel de vidrio y ambos observaron cómo comenzaba a moverse "por sus propios medios".
—¿Debemos hacer como ellos? —preguntó el primero, como si una vieja idea hubiera surgido de pronto en su intelecto—. Me refiero al hecho de ponerle un nombre, como hacían ellos... Porque le pondremos un nombre, ¿verdad, Raelion?
—Parece adecuado —fue la respuesta—, a pesar de que este invento es "esencialmente diferente" a los demás. Se llamará Adán.
El experimento —ahora llamado “Adán”— comenzó a temblar con violencia, derramando fluidos a través de sus pequeños orificios y agitando los miembros. Esto duró unos instantes. Luego emitió un gemido ahogado y, deteniéndose bruscamente, cesó en él todo rastro de movimiento.
Los científicos intercambiaron miradas en medio de la angustiante quietud marciana. Un suspiro cibernético escapó de los labios metálicos de Proteus.
—Traeré otro embrión... —dijo el androide, triturando con sus garras al pequeño feto humano—. Tal vez necesitemos otros doscientos años.
(c) Agustín Francese
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